Historia de la ontología: El viejo Tales de Mileto
Serie historia de la ontología. Capítulo 1: Tales.*
Eduardo Cervantes Carreto
1.2.1) Tales
Tales de Mileto, filósofo jonio nacido en el año 640 a. C, aproximadamente.
Se cuenta que vivió una vida longeva
dedicando gran parte de ella al pensamiento después de haberse dedicado a los
negocios. También se dice que predijo un eclipse y midió las pirámides de
Egipto comparando su sombra, de ahí que en las escuelas
el teorema que habla sobre la semejanza de los triángulos se enseñe como el
teorema de Tales.
De igual modo, escribe
Diógenes Laercio que: “fue uno de los Siete Sabios, según dice Platón, y el primero
en ser llamado sabio cuando Damásio era arconte de Atenas, en cuyo tiempo
recibieron «los siete» el título de sabios”.[1] Entre los que se nombra también
a Solón de Atenas, ancestro de Platón y Ferécides maestro de Pitágoras.
De
él, así como de Sócrates, no quedó ningún escrito para la posteridad,[2] sin embargo, se nos han
legado algunas de sus hazañas intelectuales, así como un par de frases que,
según arguye Aristóteles en la Metafísica, demarcan el inicio de un tipo
filosofía llamada fisiología. Así lo menciona el Estagirita: “Por lo que se
refiere al número y a la especie de tal principio, no todos dicen lo mismo,
sino que Tales, el introductor de este tipo de filosofía, dice que es el agua”.[3]
Un tipo de filosofía que
buscaba decir el arché de la naturaleza a partir de un principio
natural, entre los que figuran el agua, el aire (Anaxímenes), el fuego y la
tierra. Y no sólo se detiene allí, incluso está presente en las bases de la
teoría de los átomos de los filósofos griegos Leucipo y Demócrito, filosofías
de vida como el epicureísmo y doctrinas filosóficas como el empirismo.
Diógenes
de Laercio, por su parte, lo expone del siguiente modo: “Estableció como principio
de todas las cosas el agua, y afirmó que el universo está animado y lleno de divinidades.
Dicen que inventó las estaciones del año y que lo dividió en trescientos
sesenta y cinco días.”[4]
Olof Gigon en su libro Los
orígenes de la filosofía griega no comienza enumerando a Tales de Mileto
como el primer filósofo, ese lugar se lo concede a Hesíodo quien con sus poemas
interpela los de Homero. Y es que las composiciones del de Beocia no son meras
invenciones, sino una pretensión de hacer que las musas cuenten la verdad.
Así lo refiere Gigon “Teniendo
en cuenta estos puntos de vista biográficos de Hesíodo, la religiosidad
personal de Hesíodo es el origen de la filosofía, por cuanto se propone la
exposición de la verdad y no hacer poesía sencillamente.”[5] Los siguientes versos
quizá den muestra del distanciamiento que surge entre la poesía épica de Homero
y la poesía filosófica de Hesíodo: “¡Pastores del campo, triste oprobio,
vientres tan sólo! Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades; y
sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad”.[6] De la que quizá sean
continuadores Jenófanes, Parménides, Empédocles quienes también escribieron poesía
filosófica.
No obstante, lo que sí le
concede a Tales y a los milesios es un nuevo distanciamiento con la poesía, así
lo relata: “Los más antiguos libros de prosa de los filósofos milesios están
originados no sólo por la voluntad de verdad, como en Hesíodo, sino también por
el deseo de información objetiva para la vida práctica”.[7]
Ahora,
supongamos que la doxografía tiene razón y para Tales de Mileto el agua era el
sustrato del que manaban todas las cosas, es decir, el origen de todas las
cosas. Sin duda, aunque el planteamiento es arriesgado y herrado, puesto que
incurre en una falacia, a saber, la falacia de composición, no deja de ser una
maravilla metodológica, pues abrió nuevas formas para pensar al Ser y con ello
nuevas formas de vida.
“La
actual falacia de composición versa sobre el paso ilegítimo desde la atribución
de una propiedad a las partes de un todo o a los miembros de un conjunto, hasta
la atribución de la misma propiedad a ese mismo todo o a ese mismo conjunto.”[8] Según Alejandro Herrera. Tales,
al proponer que el ser es el agua, el aliento divino que mueve al mundo,[9] esta tomando una parte del
todo y lo extrapola al todo mismo.
Si bien es verdad que
algunas cosas se componen de agua, la vida misma, por aducir un ejemplo, está
supeditada al líquido vital, no todo mana de ella.
Para
concluir esta sección, Nicol, quien es consciente de lo difícil que es hacer
ciencia y filosofía, recuerda que: “El ocaso de las teorías no anula la
vigencia de sus enseñanzas, ni ha representado nunca una amenaza para la
filosofía”.[10]
De
igual modo, después de denunciar que Parménides comete una afirmación
inadmisible en sus estudios ontológicos, argumenta: “Inadmisible, en verdad, no
se puede llamar a una tesis de filosofía, ni cuando otros conocimientos y otras
ideas obligan a desecharla. El error en filosofía es tan admisible como la
verdad”.[11]
Es
decir, el error en el que incurrieron los pasados fisiólogos no inhibe sus
logros filosóficos, pues, igual el error contribuye al incremento del
conocimiento. Al menos se descubre que por allí no es el camino correcto.
[1] Diógenes Laercio, “Tales”, Vidas
de los Filósofos Ilustres, (Madrid, Alianza, 2007), pp. 44 - 54.
[2]
Vid. Filósofos Presocráticos,
comps. y trads.
[3] Aristóteles, Metafísica, A3,
983b 20.
[4]
Laercio, Vidas…, p.
46.
[5] Olof Gigon, Los orígenes de la
filosofía griega, p. 20
[6]
Hesído, Teogonía, 27 –
29.
[7] Gigon, Los orígenes…, pp.
22 – 23.
[8]
Alejandro Herrera, “Las falacias de composición y división en Aristóteles”, Quadripartitaratio.
Revista de retórica y argumentación, 3 (2017): 2-9, recuperado de: http://www.quadripartitaratio.cucsh.udg.mx/index.php/QR/article/view/46/46.
[9] “tomando esta idea de que veía que
el aliento de todos es húmedo y que a partir se genera lo caliente mismo y de
ello vive (pues aquello a partir de lo cual se generan todas las cosas es el
principio de todas ellas) —tomando, pues tal idea de esto, y también de que las
semillas son de naturaleza húmeda, y que el agua es, a su vez, el principio de
la naturaleza de las cosas húmedas”. Aristóteles, Metafísica, A3 983b
21.
[10]
Nicol, El porvenir…, p. 8.
[11]
Nicol, Metafísica…, p. 83.
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