El Filosofante
El Filosofante
Si
alguna vez has estado feliz, entonces, podrás imaginar con facilidad aquel
bello bosque en el cual sucedió esta historia que estoy por contarte, pues los
árboles siempre se veían más verdes y fuertes de lo que comúnmente los vemos,
el majestuoso vuelo de las mariposas dejaba tras de sí un halo multicolor
parecido al del arcoíris, los girasoles bailan al ritmo del viento juguetón, el
agua de los ríos sabía a algodón de azúcar, sin embargo, conservaba su carácter
saludable. Las nubes en lo alto del cielo, se divertían convirtiéndose en las
más extravagantes figuras, ora se transformaban en un conejo orejón, ora en un
saltamontes gigante, a veces parecían elefantes y otras más árboles frutales,
nunca eran las mismas y, no obstante, no dejaban de ser nubes.
A pesar de la magnificencia del paisaje,
en el fondo de una cueva habitaba un pequeño elefante que, temeroso de todo lo
que lo rodeaba, dudaba de salir al bello y amplio mundo que se le presentaba. Creía
que lo que lo rodeaba estaba cubierto con un manto de engaño y en cuanto
saliera los más grandes peligros le saldrían al paso.
Sus amigos, que eran una ardilla de
dientes graciosos y un perro labrador color café, lo iban a visitar a diario
para ver si podían convencerlo de que saliera a jugar con ellos, pero él no
estaba seguro de que lo que veía fuera cierto, por lo que tenía mucho miedo y
permanecía dentro de la caverna, creyéndose seguro.
Así pasaba los días el pequeño
elefante, de incertidumbre en incertidumbre, tanto que sus amigos, a manera de
burla, comenzaron a llamarlo el filosofante, pues habían escuchado que en las
ciudades había un grupo de personas a las que les decían filósofas o filósofos,
que ponían patas arriba todo y dudaban de lo que veían y oían. Él se enojaba
mucho cada vez que lo llamaban por este nombre, pues creía que sus pensamientos
no eran cosa de burla y exponía con grandes y bellos discursos todos los
peligros que había en el exterior, ya recordaba a los depredadores, ya recordaba
las trampas de arena en las cuales si uno caía adentro ya nunca podría salir y
así hablaba al perro y a la ardilla. Pero éstos, en lugar de ponerle atención
hacían ruidos raros con la boca como: “prrrrrrrrr”, y salían corriendo para que
el elefante no pudiera atraparlos. Ya que sabían que no los perseguiría.
Quizá si sus amigos, en lugar de
sólo hacer aquellos ruidos y salir corriendo le hubieran explicado al pequeño
elefante que, si bien tenía razón en algunas de sus creencias, en algunas otras
estaba errado. Puesto que ellos mismos cuando estaban afuera habían
experimentado ciertos peligros, pero no por ello debía vivir encerrado y
apartado de todo. Pues, aunque no lo pareciera esto también era peligroso,
porque en cuanto más tardase en salir al mundo menos posibilidades tenía de
aprender a afrontar los peligros. De igual modo, se podía acabar la comida y el
agua que había en la caverna o, peor aún, podría salir un monstruo de las
entrañas de esta.
Y es que al dialogar con los demás,
al escuchar de sus experiencias e ideas e intentar comprenderlas y el exponer
las nuestras es una manera de contrastar lo que sabemos y lo que creemos y, por
eso, comprendemos de una mejor manera el mundo, pues las perspectivas de los
demás nutren la nuestra.
En fin, un día las nubes comieron
demasiado vapor y les comenzó a doler la panza, así lo que antes era júbilo y
algarabía, se volvió algo macabro, pues las nubes al retorcerse por el dolor
comenzaron a perder sus coloridas formas y el espacio azul entre ellas empezó a
disminuir con rapidez. Éstas empezaron a convertirse en una masa gris y sin
forma que cubrió todo el cielo y comenzó a sacar rayos y centellas desde el
fondo de su estómago, pues sentían lo que tú sientes cuando comes mucho y debes
ir al baño. Luego tiraron el excedente de agua en forma de un aguacero brutal y
escalofriante.
Entonces, por la fuerte lluvia el
río de agua dulce se fue haciendo cada vez más grande hasta que se desbordó y
consigo también se fue llevando las casas de los animales que vivían en el
bosque.
Lo que sucedía asustó mucho a todo el
mundo, pero sobre todo al pequeño elefante y lo convenció de que no debía salir
nunca de la caverna en la que, según él, estaba a salvo. Estaba aplaudiéndose a
sí mismo por haber tomado esta “sabia” decisión cuando de pronto llegaron
corriendo el perro y la ardilla y le pidieron permiso para refugiarse en su
cueva, éste se rio y les comento lo siente con voz triunfal:
—el que ríe al último, ríe mejor— y unos
segundos después añadió —ven como al final yo tenía razón, ¡allá afuera es
peligroso! —
El perro le respondió —No es momento de
que te portes así amigo, más bien es momento de demostrar tu empatía y dejarnos
pasar —.
El pequeño elefante que no daba paso sin
huarache se puso a pensar unos momentos y luego exclamó —¡uhm! ¡Ya sé!, los dejaré
pasar si me piden perdón—
—Perdón, pequeño filosofan... quisimos decir,
pequeño elefante— Dijeron sus amigos al unísono. El elefante hizo un gesto
aprobatorio con la trompa y el perro y la ardilla entraron a la cueva.
Ya adentro, mientras los animales
estaban sacudiéndose el agua para secarse, el pequeño elefante estaba
regodeándose de su momentánea victoria y estaba a punto de decir algo cuando
cayó un rayo muy cerca de la cueva y el estruendo adentró retumbó por todas las
paredes, esto los asustó mucho y los hizo correr despavoridos hacia el fondo de
la caverna. Allí dentro, las sombras que proyectaban las rocas parecían los más
peligrosos monstruos y esto no los dejaba quietos en ningún lugar, y así
andaban, corriendo de un lado para otro asuatdos. Sin embargo, como corrían
como locos no se fijaron muy bien de los caminos que tomaban y acabaron
perdidos.
—¿Dónde estamos? — Ladró el perro.
—¡Oh no!, nos
hemos perdido, ¿y ahora qué vamos a hacer? — Chilló la pequeña ardilla.
—No lo sé, estoy
muy asustado— Dijo el perro mientras veía al pequeño elefante.
El pequeño Elefante al reconocer que la
caverna no era del todo segura se paralizó de miedo. Pues al darse cuenta de
que sus creencias más íntimas no eran del todo ciertas comenzó a dudar de todo.
La ardilla y el perro se abrazaron del
susto al ver que su amigo temblaba como gelatina. Mientras en el interior del
filosofante se manifestaban preguntas aterradoras: ¿ahora cómo podré saber que
algo es verdadero o falso? O, peor aún, ¿cómo sabré si algo es real o no?
El pequeño elefante se sentó y luego
colocó su trompa debajo de la quijada como imitando la famosa estatua del
pensador y dijo: “ya veo, con que yo también estaba equivocado, pues esta
cueva, de la que sólo veía una pequeña parte, también entraña grandes peligros.
Creo, mis queridos amigos, que yo también les debo una disculpa, pues sólo
tomaba en cuenta mis ideas sin reparar en lo que ustedes me decían. Entonces,
en todos lados hay peligros, sin embargo, esto no nos debe paralizar del miedo,
sino que debemos encontrar soluciones a los problemas que se nos presentan,
obviamente a lado de nuestros seres queridos” e hizo una pausa para mirar a la
temblorosa ardilla y al asustado perro y luego prosiguió: “así que dejen de
temblar y pensemos juntos, cómo vamos a salir de aquí”. Sus amigos por primera
vez lo vieron como lo que lo llamaban, es decir, como un filosofante, pero ya
no en forma de burla, sino con respeto, pues los filósofos no ponen en duda las
cosas sólo porque se les antoja, sino para descubrir cosas que los otros no
ven. Y el pequeño filosofante continuó: “entre los tres recordemos las figuras
monstruosas que vimos...
—Ay no, me voy a desmayar del miedo
— gritó la ardilla.
—Espera ardilla, ya sé hacia donde
quiere llegar el gran filosofante — dijo el perro como contagiado de la
inteligencia del su amigo. —Si recordamos las figuras, podremos crear un mapa
que nos lleve hasta la salida.
—Justo eso es lo que planeaba,
amigo.
—Ahora entiendo — dijo la ardilla —
yo recuerdo que la última sombra que vi... ¡ay que horror! No, no, si ustedes
son fuertes, yo también. La última que vimos era la que parecía un gigantesco
dinosaurio
—Sí, sí, esa fue — dijo el perro mientras
saltaba de alegría.
Y así continuaron mencionando las
sombras que habían visto y, una vez completado el mapa, se pusieron a buscarlas
y gracias a eso pudieron encontraron la salida.
Una vez que estuvieron en la entrada
de la cueva, pasó algo raro, pues el perro y la ardilla que siempre se habían
sentido muy seguros en el mundo exterior, a pesar de que la lluvia había cesado
y el día estaba soleado como de costumbre, no querían salir de la cueva. El
elefante, que ya había adoptado su apodo con orgullo, los miró y les dijo: “no
hay que ser cobardes amigos, pues mientras estemos juntos, siempre podremos
salir de cualquier embrollo en el que nos metamos” y puso un pie fuera de la caverna,
luego otro y así hasta estar completamente fuera, sus amigos lo siguieron y,
por primera vez jugaron lejos de este lugar y se divirtieron de maravilla.
El filosofante, después de
comprender que, aunque parezca que tengamos la razón, podemos estar
equivocados, entendió que siempre puede apoyarse en los otros y las otras para
acercarse más a la verdad.
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