Un breve discurso sobre el filósofo y la filosofía
Un breve discurso sobre el filósofo y
la filosofía
Eduardo
Cervantes Carreto
“El filósofo es el eterno estudiante”
cuenta Manuel García Morente (filósofo español) que dijo Henri Bergson (filósofo francés) en una de sus visitas a España. Yo creo
que tiene razón, sólo le añadiría que cuando estudia, lo hace en forma
dialéctica, pues, si vuelve a las mismas sendas de pensamiento una y otra vez,
nunca lo hace del mismo modo. Ya lo decía Heráclito en alguno de los Fragmentos que nos sobreviven de su obra: “Uno no puede entrar dos veces
al mismo río, pues ni el río ni uno son el mismo”.[1] De este modo, cuando el
filósofo regresa sobre sus pasos, lo aprendido se transforma y da luz a nuevos
conocimientos. Todo se mueve, todo cambia, es la razón misma de tener que volver
sobre la teoría, es la razón que la muta, por eso el filósofo jamás deja de ser
un aprendiz, por la que no puede dejar de estudiar, empero eso no significa que
no aprenda.
Pues
cuando se regresa a los caminos del pensamiento que ya ha recorrido lo hace
para aprender de los errores, para redescubrir los aciertos y comprender sus
límites, es decir, conocer los alcances de su aplicación. Así se crea una de
las paradojas más bellas, en la que el filósofo se vuelve maestro de lo que
continuamente estudia, casi como la existencia de un axolotl que madura en su
etapa larvaria y poco le importa que su metamorfosis quede trunca, así el
filósofo madura siendo estudiante, adopta el humilde manto de la ironía
socrática o de la docta ignorancia como la conocía Nicolás de Cusa, no cree
saber aquello que no sabe[2] y entrega su vida al amor
por la verdad, aunque ésta le rehúya .
El filósofo estudia y
pregunta, responde y duda, muy en el fondo sabe que no hay una respuesta
absoluta que resuelva todos nuestros problemas. Recordando otros aforismos del
otrora llamado el Oscuro: “Los límites del alma, por más que procedas, no
lograrías encontrarlos aun cuando recorrieras todos los caminos: tan hondo
tiene su logos”,[3]
y aquel que reza: “la naturaleza suele ocultarse”,[4] nos confirman lo anterior:
no lograremos alcanzar el absoluto con nuestro endeble espíritu. No obstante,
esa imposibilidad en lugar de mermar la validez del quehacer filosófico, lo
reafirma, esto porque cada día las redes de significado se mueven, cada día
emerge un problema nuevo, cada día lo humano se reviste con nuevas pieles, unas
con caras amables y, otras, no tanto… el nazismo, por ejemplo, ha sido uno de
los rostros más inquietantes que ha mostrado lo humano; algunos otros son tan
lejanos que nos parecen extraños y difíciles de comprender. Algunas de las
máscaras que usamos nos llaman y otras nos parecen tan repugnantes que nos
alejamos.
La vida sigue, lo humano
transmuta, los problemas aumentan y el hecho de que la filosofía se haya
mantenido en vilo desde que floreció en el pasado, que acose de cerca las
diferentes evoluciones que hemos tenido, que lo real ha tenido, para
desentrañar nuestro ser; aquello de lo que somos capaces; y diferenciar lo real
de lo virtual, demuestra su vigencia, su importancia y su necesidad.
Por desgracia, la
filosofía a muchos les parece una cosa obsoleta en estos tiempos del dominio
tecnológico. A muchos, incitados por la voz de un Wittgenstein que creía que la
historia de la metafísica no eran más que un sinfín de sinsentidos, les parece
un montón de cuentos, a otros les parece garabatos ininteligibles, a unos
pocos, cosa de sabios y, a unos más, puras cosas de locos. Aunque no sólo en
estos tiempos, ya Platón en los primeros siglos de la filosofía occidental
escribía: “aquellos que son realmente filósofos, y no aparentemente, para unos,
no valen nada, mientras que para otros son dignos de todo”.[5]
Sin embargo, la vieja
ciencia del ser, el amor por el saber y sus fieles adeptos, a pesar de ser tan
vituperados, tanto que, hasta un expresidente mexicano, caracterizado por su
alcoholismo y sus alianzas con el narcotráfico, la quiso eliminar de las
escuelas con la excusa de que no servía para nada; siguen trabajando para
entender, aunque sea un poco, lo que somos y lo que nos rodea.
La ética, una de sus
ramas, sigue pensando cómo nos conviene conducir nuestras acciones, la
epistemología piensa en el fundamento del conocer y las ciencias, la ontología
piensa lo que es en tanto que es, lo real en sí mismo, la lógica, por su parte,
estudia las estructuras lógicas del pensamiento y la estética se pregunta por
lo bello, lo sublime y hasta lo grotesco. Otras ramas tienen sus áreas de
estudio como la antropología filosófica, la filosofía política, la filosofía de
la religión o de la ciencia. Y, si bien lo que llevan a cabo estas ramas del
pensamiento filosófico no es de poca monta, me parece que su aporte fundamental
es que han sabido mantener y difundir el pensamiento libre.
Algunos filósofos y
filósofas de la historia como Giordano Bruno, Sócrates, Spinoza, Hipatia, entre
otros, han sufrido la condena de las leyes imperantes en su tiempo a causa de
su pensamiento. Sin embargo, la muerte, el exilio o la censura no los detuvieron,
continuaron esparciendo sus ideas a través del tiempo, nos enseñaron el valor
de las ideas y que hay que defenderlas con valor. Su fuerza de voluntad nos ha
enseñado a pensar libremente, sus teorías nos han servido para seguir mejorando
como especie.
“El filósofo es un eterno
estudiante”, se dijo al principio, estudia cómo poner en tela de juicio lo que
se da por sentado, estudia las estructuras de lo real en sí mismo, estudia las
estructuras del pensamiento y nuestra relación con los otros y con lo otro…
estudia el acontecer mismo de la existencia de un modo diferente al biólogo,
estudia los movimientos políticos e, incluso, los crea. El filósofo, en ese
sentido, es parte fundamental de la sociedad en que vive, sin ese pequeño
axolotl de la biodiversidad humana no se habría podido descifrar mucho de lo
que ahora sabemos, no tendríamos registro de lo que hemos sido y no tendríamos
quién intentara comprender lo que somos ahora.
Para concluir no queda
más que repetir unas palabras de Aristóteles: “el estudio acerca de la Verdad
es difícil en cierto sentido, y en cierto sentido, fácil. Prueba de ello es que
no es posible ni que alguien la alcance plenamente ni que yerren todos, sino
que cada uno logra decir algo de la Naturaleza. Y que si bien cada uno en particular
contribuye a ella poco o nada, de todos conjuntamente resulta una magnitud”.[6] En otras palabras,
encontrar la verdad es una tarea ardua, pero no imposible, por lo que no queda
más que estudiar y dejar algo para que lo estudien los que vienen y, de este
modo, entre todos y todas dibujemos mejor los fundamentos de lo real y
aprendamos de qué se trata vivir.
Aquí donde me suscribo?
ResponderEliminarApenas agregué el botón para suscribirse, está en la esquina superior izquierda. :D
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