La muerte de la filosofía

 

La muerte de la filosofía

Eduardo Cervantes Carreto

Afuera el día transcurre como de costumbre, las personas caminan con la seguridad que brindan las certezas apodícticas, el sol brilla, los niños anhelan el provenir. No obstante, adentro un catalán se lamenta: “Es imposible que filosofemos como si cada día fuese el alba primera de la filosofía. Ahora hemos de filosofar como si cada día pudiera ser el último”.[1] Se lamenta porque se da cuenta que la pretensión de los filósofos y las filósofas no es más que un sueño pueril.

            Como buenos amantes se entregan a su amada, la idealizan y creen inmortalizarla a través de su obra crítica. La verdad es que no actúan sin razones, pues cuando la señora Sofía más ha sido puesta a prueba, más ha sacado su temple. Los grandes textos de la filosofía son acusatorios y resolutorios. ¿Qué se acusa? Las flaquezas de ésta, empero esto mismo le devuelve sus fuerzas. Cuando Nietzsche, por aducir un ejemplo, criticó la vieja ciencia del Ser, a saber, la metafísica, cuando creyó darle la estocada final con sus ataques certeros a la idea de trasmundos, en realidad la renovó. Pues ésta se desprendió de sus lastimeros ropajes y, cual fénix, renació de sus cenizas y fabricó nuevas y mejores teorías sobre lo real en sí mismo.

            De esta fuerza plástica se ha creado un mito: la filosofía es perenne. Sus pretensiones de universalidad la vuelven universal. Yo mismo, desde mis elucubraciones, por no llamarlas chaquetas mentales, le atribuyo un ser más allá del que le corresponde, pues creo que, si bien la filosofía se sistematizó con los griegos, existe desde los tiempos remotos en que el ser humano nació como especie. Las grandes preguntas que nos siguen asombrando, como ¿por qué morimos? han azotado a los hombres y mujeres desde antaño.

            Por supuesto no ha faltado quien haya querido cometer un crimen pasional y haya creído que filosofía estaba predispuesta a la muerte. Sin embargo, sus teorías sobre la finitud del amor por el saber no estaban del todo fundamentadas, pues creían ver en esta muerte de la filosofía un desenlace natural. Como si ésta hubiera cumplido con su propósito inicial y se fuera en paz. ¿Acaso podemos argüir que la ciencia, algunos dicen es hija de la otra, puede ocupar el lugar de la filosofía?

            No me atrevería a decir que la ciencia no es lo suficientemente madura para andar por sí misma, pero tampoco me atrevería a decir que la filosofía nació con el único propósito de dar a la luz a ese especial tipo de conocimiento.

            El filósofo mexicano-catalán no era ajeno a los planteamientos de aquellos y escribe al respecto: “con este legado pasaría a la historia y dejaría de ser historia”.[2] Y a modo de reproche: “pero entonces su historia, su obra entera, no sería más que un preludio, carente de valor propio; el futuro cancelaría el pasado, y el ser humano mismo que hizo filosofía, y se hizo con ella, habría sido un torpe aprendiz del ser humano nuevo”.[3] Es decir, este modo de valorar la finitud de la filosofía cancelaría los logros que por ella misma alcanzó para concentrarse únicamente en su ser de progenitora.

            La verdad es que la filosofía no es sempiterna, pero su muerte no debe justificarse desde estos discursos. Su muerte, dice Eduardo José Gregorio Nicol i Franciscá, ese catalán del que hemos venido hablando, será un acto violento y no se irá sola a la nada absoluta. Se llevará consigo todo acto libre del pensar. La poética, la ciencia e, incluso, la mística serán sus acompañantes.

            ¿Qué es eso que podría dar fin a la filosofía? La respuesta de Nicol es tajante: la tecnología o, mejor dicho, dirigir la ciencia exclusivamente al desarrollo tecnológico.[4]  No es que el que fuera profesor de la FFyL en la UNAM fuera el Sarah Connor (Terminator) de la filosofía, sino que para Nicol la ciencia y la filosofía son vocaciones libres del pensamiento y, en ese sentido, son desinteresadas, así escribe: “el pensamiento es puro, si es auténticamente filosófico. Puro significa desinteresado, y la nota sobresaliente del tiempo en que vivimos es la de ser un tiempo interesado”.[5]

            La tecnología es un mal necesario, Nicol lo reconoce, pues en algún lado de su obra dice que sin los beneficios que ésta ha aportado no se podría vivir. Esto que ahora escribo y comparto no podría darse sin los desarrollos tecnológicos. No obstante, el problema radica en avocar todo esfuerzo científico al desarrollo tecnológico, pues ésta se desprende de la técnica, que no es un pensamiento libre, sino un esfuerzo necesario o derivado de la necesidad. Que al final nos llevaría a un estado de homus faber (el hombre que hace) y no reflexiona lo que hace.

            Por supuesto que hay que satisfacer las necesidades, buscar nuevos y mejores derroteros para hacerlo, pero el mensaje del filósofo mexicano-catalán es que no hay que olvidarnos del verdadero propósito de la ciencia, la filosofía, la poética o la mística que mana del desinterés: “el desinterés es una forma de philía [amor]: nos vincula al ser, tal y como es en sí mismo (no como es para nuestro provecho) y nos vincula al prójimo mediante la posesión racional del ser común”.[6] Pues es bajo estos rumbos teóricos que logramos una verdadera comunión con el otro y lo otro. Conexión, dicho sea de paso, harto necesaria en estos tiempos.

            La filosofía podría morir, la podrían matar, mejor dicho, no queda más que seguir filosofando mientras podamos y con ello intentar hacer de este mundo un lugar mejor.



[1] Nicol, E., El Porvenir de la Filosofía, p. 9.

[2] Ibídem, p. 15.

[3] Ibídem, p. 16. El texto de Nicol utiliza la palabra hombre, en lugar de ser humano, como palabra universal para designar a todo género de personas, si he optado por modificar las palabras del autor es porque creo que la filosofía en español debe desprenderse de su machismo silencioso. (No es el único autor que se vale de esta forma (los problemas de seguir la tradición) y también está presente en las traducciones, como Übermensch, cuyo género es neutro, pero suele traducirse como Superhombre, cuando debiera ser superhumano o algo parecido).

[4] Esa es la tesis que recorre todo el libro de El porvenir de la filosofía.

[5] Nicol, E., op. cit., p. 31.

[6] Ibídem, p. 8.

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