El relajo como acto subversivo en el México del siglo XXI
El relajo como acto subversivo en el México del siglo XXI
Eduardo Cervantes Carreto
La
filosofía de lo mexicano parece haber desaparecido y, con ella, ha desaparecido
también la pregunta que interroga por el ser de éste, es decir, la
interrogación por saber quiénes somos como mexicanos ante el mundo. Emilio
Uranga en su texto: El análisis del ser del mexicano dice que los hombres y
mujeres de este país (o de otros si recordamos la famosa frase de Chabela
Vargas: “los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana”) se ha
preguntado por sí mismo casi desde que surgió históricamente,[1]
pero no fue hasta que el grupo “Hiperión” realizó una meditación de corte
filosófico en torno a este problema que se investigó en serio, es decir, se
llevó a otra dimensión la pregunta por el qué que nos definía como comunidad,
como nación. Más allá de un territorio, de una cultura, la pregunta viró hacia
la ontología: “Así, lo que comenzó como una meditación psicológica o poética
sobre la realidad mexicana o americana llega a un alto grado de abstracción
cuando surgen las preguntas sobre el ser del mexicano y el ser de América”.[2]
En otras palabras, la búsqueda por lo que somos dejó de rondar los rasgos
ónticos y se interiorizo para preguntarse por nuestra especial relación que
como mexicanos tenemos con el Ser y, a partir de esto, averiguar lo que nos
hace ser nosotros.
Aunque, de cierto modo, ya se habían sentado algunos
antecedentes con Samuel Ramos que, por ejemplo, escribe: “me parece que el
valor más eminente que puede tener para nosotros una obra filosófica estriba en
la eficacia para despertar de algún modo la conciencia de nuestro propio ser”,[3]
no se sistematizó como una investigación hasta la llegada de este grupo de
intelectuales mexicanos.
No obstante, como hemos dicho con antelación, parece que la
pregunta cayó en el olvido para una generación que ya no se preocupa ni por
saber si el mexicano tiene una esencia ni, si con base en esa esencia, saber si
se puede formar una comunidad. Con ese modo de pensar, seguimos así; sin saber
de nosotros, pero despreocupados, casi desarraigados. Vamos por la vida en modo
de chanza, encogiendo los hombros y diciendo: “aquí nos tocó vivir”, ignorando
los problemas que surgen en el seno de nuestra sociedad, incluso,
justificándolos para no tener que resolverlos: “siempre ha sido así”, se
pregona en varios lados. Problemas, dicho sea de paso, que no tendrían que
resolverse si se anticiparan a través de investigación seria que nos devele si
somos de tal o cual modo necesariamente.
Entonces, aquí cabría la pregunta sobre si es necesario
seguir preguntándonos qué somos o si es una verdadera pérdida de tiempo seguir
en torno a estas investigaciones. Acudiendo a Emilio Uranga de nuevo, éste dice
que saber el ser del mexicano no es un saber que se quede estático, más bien,
puede operar de cierta manera para llevar a cabo un cambio en la comunidad
mexicana, es decir, mejorar las cualidades del mexicano en su desarrollo
personal y social: “lo que nos lleva a este tipo de estudios es el proyecto de
operar transformaciones morales, sociales y religiosas con ese ser”,[4]
nos dice el filósofo. Asimismo, Jorge Portilla dice: “la filosofía tiene la
función de promover la razón en una sociedad determinada, de poner claramente
ante la conciencia colectiva el fundamento último de su pensar, de su sentir o
de su actuar”.[5]
En ese sentido, la pregunta se reafirma; debe hacerse o, por lo menos, debemos
volver a leer a los maestros mexicanos y discurrir con ellos, pensar sobre este
aquí y ahora a partir de la propia historia y, sobre todo, de la propia
ontología. Sobre todo en nuestros tiempos en los que la comunidad política está
fragmentada, herida, sin esperanza; pues, por un lado, los individuos se alejan
el uno del otro por los colores de unos partidos que poco se preocupan por
ellos y, por otro, la cohesión que debiera llevarse a través de las
instituciones se malogra, ya que muchos han dejado de creer en ellas.
Los mexicanos y mexicanas debemos redescubrirnos y volver a
congraciarnos los unos con los otros.
Ahora bien, este breve ensayo, para su fundamentación, ha
tomado en cuenta los estudios fenomenológicos de Jorge portilla, bajo los
cuales no se podría decir que esta sociedad esté dividida porque sea apática,
sino, más bien, porque es relajienta a tope, casi podría argüirse que a niveles
exagerados (cuenta de ello son los #memeschistosos de infinidad de cuestiones
que suceden al interior de la nación, incluso de tragedias). Muy pocas cosas se
toman con la seriedad debida.
Bajo este panorama se puede ver que el ser del mexicano en la
actualidad se abre relajiento, pero no por ello se muestra relajado, esto
porque tan pronto uno observa su medio, aquel donde fue arrojado al mundo, ve
impunidad y decadencia. Sin embargo, lo único que hace es olvidar; un especial
tipo de olvido que se refugia en la comicidad, a través de la cual uno hace
catarsis de lo que le acontece horror tras horror convirtiéndolo en chiste.
Quizá ha llegado el día en que una parte del ser del mexicano, a saber, ese
matiz relajiento, se ha expresado en todo ámbito comunitario. Pero el problema
va más lejos todavía, pues cuando alguien trata de invitar a la seriedad, este
ser que se ha forjado en el fuelle y la fragua del desinterés del futuro
reacciona por el impulso espontaneo del relajo e impele cualquier movimiento de
regeneración social. Pareciera que como nación hemos caído en un callejón sin
salida en el que dondequiera que se mire brota el bullicio por nuestras
circunstancias. El mexicano se ríe hasta de la muerte.
Pero, antes de seguir adelante, debiéramos explicar los
postulados del filósofo Jorge Portilla sobre el relajo y la seriedad. En un
libro llamado La fenomenología del relajo, escribe: “La significación o sentido
del relajo es suspender la seriedad. Es decir, suspender o aniquilar la
adhesión del sujeto a un valor propuesto a su libertad”,[6]
y líneas más adelante dice que: “La seriedad es el compromiso íntimo y profundo
que pacto conmigo mismo para sostener un valor en la existencia”.[7]
Asimismo, refiriéndose nuevamente al relajo, Portilla, arguye lo siguiente: “No
es un acto originario y directo, sino derivado y reflejo. Requiere una
ocasión…”[8]
Es decir, el relajo sólo puede originarse como a reacción a un valor propuesto.
Allende a esto, el relajo tiene dos notas constitutivas que
deben tomarse en cuenta, la primera, jamás se da en soledad, pues éste, como ya
se adelantó, es una actitud que invita a la desolidarización de algún valor. El
relajo siempre aparece cuando hay un tumulto, de esta característica se
desprende la segunda, ya que el acto relajiento debe ser siempre reiterativo y
repetitivo en el sentido de imitativo, es decir, cuando alguien incita al
relajo, para que este pase de la potencia al acto, por introducir un par de
términos aristotélicos, debe ser seguido por otros. Esto posibilita un fenómeno
que llama mucho la atención, un fenómeno que Portilla denomina: “la más
paradójica de las comunidades: la comunidad de los no comunicantes”.[9]
Por poner un ejemplo que intente clarificar lo dicho: imagina
una asamblea en la que se intenta exponer el ser de los mexicanos, el valor al
que se invita es la reflexión sobre lo que somos, sin embargo, uno de los
asistentes no estando de acuerdo con lo que se dice, en lugar de argumentar,
comienza a chiflar, el acto del chiflido en sí, a pesar de que representa un
desacato, no es como tal un relajo. ¿Qué terminaría por desatarlo? Que otros lo
siguieran, creando así un bullicio imparable. Algunos ejemplos que Portilla
aduce como situaciones en las que puede aparecer el relajo como opositor del
valor que allí se propone son: una cátedra, una fiesta o una ceremonia. El caso
de la fiesta llama la atención en demasía, pues de bote pronto, uno podría
creer que a una fiesta se va a echar relajo, pero precisamente echar relajo
sería la actitud contraria a la fiesta, el relajiento sería en este sentido un
aguafiestas. Y es que la fiesta tiene una estructura organizada, el valor al
que se invita es la celebración, el relajo desorganiza.
Por continuar con la exposición del texto de Portilla, cabe
mencionar un dato más sobre el relajo, a saber, que éste es un acto espontaneo,
un acto que surge con la finalidad antes descrita, la de invitar a la
no-seriedad, Y justo por ser espontaneo no es un acto que se origine desde una
actitud consciente, es decir, el relajo no es un acto pleno de conciencia ante
una actitud seria, simplemente se da: “El relajo es una acción en el mundo y no
una introspección en la que el sujeto tome por objeto sus propios estados o
decisiones”.[10]
Lo que es, por cierto, harto alarmante, debido a que no es una actitud
premeditada, sino una especie de irrupción programada que mina el porvenir.
Dicho de otro modo, no se piensa en las consecuencias que podría tener tal
actitud relajienta, se lleva a cabo y ya.
Ahora bien, así como el relajo se destaca como un hecho
social, su contraparte, a saber, el “valor-cosa”,[11]
como lo plantea el autor del que hemos venido escribiendo, es, de igual modo,
un hecho social, debido a que tampoco se sostiene por sí mismo, el ejecutante,
el que invita al valor, necesita de la aprobación de un público para que su
propuesta se lleve a cabo. Por eso es tan peligrosa la tendencia del mexicano
hacia la incitación del relajo.
Como hemos visto a lo largo de esta exposición, el relajo es
un fenómeno complicado que no se puede despachar de un plumazo, aunque esté a
la mano, pues si uno observa su comunidad puede verlo aparecer con facilidad.
Esto porque su propia estructura cancela que se piense en él seriamente, pero
debiera. Y es que todavía hay un factor que puede destacarse con respecto a la
actitud relajienta y, dicho sea de paso, es de los más importantes, a saber,
que el relajo es destructor: “Por otra parte, apuntemos de pasada que el
relajo, como desvío de valores, bien pudiera ser fórmula de autoaniquilamiento,
así como la conducta antes descrita [el valor] es comprensible como
autocreación o autoconstitución. El relajo, conducta de disidencia, puede ser
la expresión de una voluntad de autodestrucción.”[12]
¿Por qué se autodestruye el relajiento? Porque cancela su futuro. Lo único que
se propone es pasar el rato y nada más. Un poco de chanza pudiera considerarse
inofensiva, empero, tal y como la ha estructurado Jorge Portilla, nos da cuenta
de que no es así Nemo.jpg.
Tratando de entretejer lo que otro pensador mexicano, aunque
nacido en Barcelona, dice en un texto que se llama: La vocación humana, con lo
que ahora nos compete, nos encontramos con que Eduardo Nicol piensa que todos
los seres humanos tratan de aventajarse en algo con la finalidad de acrecentar
su ser. Algunos piensan que las cosas mundanas podrían hacerlo e intentan
granjearse para sí dinero, fama o placeres, otros se acercan a cuestiones más
espirituales y ponen sus esperanzas en el más allá, algunos más intentan
plasmar su ser a través de su obra. Todos, piensa el filósofo mexicano-catalán,
quieren asegurar su futuro, para lo cual apuestan su ser. Por esgrimir un
ejemplo, aquel que decide estudiar medicina lo hace porque cree que allí va a
encontrar su razón de ser, su vocación, sin embargo, dado que no tenemos una
brújula que nos dé la dirección exacta que debemos seguir en este camino
llamado vida, es posible que ese individuo se equivoque, con lo que la apuesta
de lo que es, lo orillaría a perder algo. No obstante, si acierta se sentiría
pleno, habría encontrado su vocación en la vida.
Después de lo dicho, cabría hacerse la siguiente pregunta:
¿hay algún ser humano que no busque aventajarse en algo, es decir, que quiera
ganar más ser? Nicol dice que son los muertos en vida.[13]
Seres que se cierran toda posibilidad desde su inacción. Portilla diría que es
el relajiento, un ser que no quiere saber del futuro, que se desocupa de éste.
Pues entre menos apegados estén a la vida, menos son culpables de algo.
Nietzsche, por su parte, en algún pasaje donde habla de <<la no libertad
de la libertad>> menciona una especie de hombres huidizos: “los otros, a
la inversa, no quieren salir responsables de nada, tener la culpa de nada, y
aspiran, desde un autodesprecio íntimo, a poder echar su carga sobre cualquier
cosa”.[14]
Como se puede observar, el relajiento o la relajienta se autoaniquilan al huir
de sus responsabilidad, pero no sólo a ellos, sino a los que les siguen el
juego.
Con base en todo lo que se ha escrito, cabe hacerse la
siguiente pregunta: ¿es posible hablar de una comunidad cuya base comunitaria
es el relajo, una comunidad sin porvenir? La respuesta es poco alentadora, pues
parece ser que sí. Sólo basta ver el a nuestro alrededor: ¿quién hoy en día
puede estar solemne lo que dura una misa, una ceremonia conmemorativa, incluso una
fiesta? ¿Acaso estas últimas no rebosan en lo que se llama malacopas? En todo
momento aparece la oportunidad de tirarse al relajo, se arma una complicidad
secreta entre los hombres y las mujeres que posibilitan el truncamiento de la
seriedad: Es esto lo que preocupa. Sobre todo, cuando se apunta a derroteros
políticos. La verdad es que se ha echado demasiado relajo sobre la seriedad de
la política, tanto que este “valor-cosa” que necesita de la aprobación de los
individuos de este país ha quedado en ruinas. Los medios de comunicación, no
sin intereses mezquinos, han contribuido al detrimento de los valores que
invitan a politizar a los individuos de este país.
Carlos Oliva apunta: “relajar un valor, salir de la rigidez
de la seriedad que demanda una rutina cotidiana y una permanente forma de
enfrentar la vida puede llevarnos a la desaparición de todo valor y hacer que
el relajo se convierta en una potencial desgracia, pero justo este riesgo hace
que sea tan atractiva una situación relajienta”.[15]
¿No habría de cuestionarnos si esto no ha pasado ya en nuestro México lindo y
querido? No sólo se ha ridiculizado la política mexicana hasta el hartazgo,
sino que cuando cierto sector de la sociedad vive alguna tragedia y convoca a
toda la nación a unirse a su causa, los más desapegados de dicho gremio
sufriente se encargan de repeler el respeto por la causa, no comulgan con el
valor y echan relajo para que otros no comulguen, lo grave es que esto no los
exenta de padecer injusticias, al contrario, los hace más proclives a ellas.
Algunos de los casos más recientes y dolosos que atraviesa el
país pueden verse en el caso Ayotzinapa o algo más atemporal como los
feminicidios. Los grupos invitan a la sociedad a comulgar con ellos, a
solidarizarse. No obstante, no ha faltado, lo grave es que no son pocos,
quienes se mofan de lo sucedido. Todo esto nos lleva por derroteros viciosos,
pues nadie se une a nadie a no ser en el relajo, vaya comunidad paradójica que
se ha creado en este resquicio del mundo. Ahora, por derroteros viciosos me
refiero a los males sociales que cada día parecen acrecentarse, me refiero a
esa política mediocre que se ha implementado en la que figura el histrionismo
(personas sin preparación alguna que son votadas debido a su popularidad), la burla
y la cínica corrupción, que no conducen más que al detrimento del tejido
social. El relajo que hemos echado ha abierto la puerta a los peores males.
Asimismo, nos referimos a que el valor-cosa de estos tiempos
es, precisamente, el relajo. Una clase especial de relajo en la que le mexicano
sólo se toma enserio la chanza. Por demás está decir que lo brevemente descrito
se torna mordaz, pues cuando alguien intenta, por medio de la seriedad que sí
invita al valor, es decir, al cumplimiento, hacer una crítica al sistema,
rápido surge la burla que impide el futuro del país. De ese modo, se
imposibilita toda capacidad para entablar un diálogo solemne. Pero, ahora bien,
¿de verdad ya no hay salvación? ¿Por lo descrito pensaremos que todo está
perdido y nos empequeñeceremos ante el “monstruo” que hemos creado? Más bien,
la propuesta, es que se le dé la vuelta a la vuelta y se lleve a cabo una clase
de relajo sanador.
Quizá al adentrarnos en estas especulaciones convenga citar
algunas palabras de Portilla: “Al abandonar la actitud descriptiva e iniciar
una interpretación, podríamos decir que abandonamos el terreno de lo cierto
para ingresar en el de lo probable. Dejamos la clave de “es” para proseguir en
la de “tal vez”.”[16]
Y es que justamente todas las aclarar indagaciones contenidas en este pequeño
trabajo tienen la intención, como tema expreso, de proveer un cuidado político.
Es decir, lo que aquí se ha tratado de pensar es: ¿cómo es posible una lucha
contra algo que evade la lucha, contra algo que a lo que apenas se le aproxima,
cual ávido ratón, se aleja escurridizamente invitando al desorden?
En ese sentido, por crear un contraste, Carlos Oliva dice que
el relajo no es tan “macabro” como lo pinta Portilla, es decir, para Oliva el
relajo es un aspecto carnavalesco de la vida cotidiana que no entraña un hecho
de autodestrucción. Por eso escribe en su libro: “Por lo tanto, no hay lugar a
la paradoja, simplemente la comunidad, más que la libertad, es el sustento de
todo valor, por esto si una situación de relajo funda una comunidad debe de
haber comunicación en su interior.”[17]
Es decir, para el profesor e investigador de la UNAM, el hecho de que el relajo
forme comunidad es un punto a su favor, pues: “el relajo es un acto que invita
a una manifestación comunitaria. [lo importante es] el fundar una comunidad,
aunque sea de relajientos y relajientas”[18]
ya que, desde esta óptica, los mexicanos no estamos del todo alejados.
Como dijimos un poco más arriba, quizá la solución estriba en
una actitud poco seria, empero que no sea desordenada, una actitud de
conciencia que pueda evitar ser destruida por el relajo. ¿Cuál podría ser esa
actitud sino el humor? El humor puede vencer al relajo sin que sus agentes se
sientan impelidos evitar el compromiso. Un poco nuestra interpretación del
humorista que dibuja Portilla en su texto la fenomenología del relajo es que es
un hombre que sabe de la muerte al estilo heideggeriano, es decir, se sabe un
ser finito y, pese a ello, se compromete con la vida, con el futuro. Comparando
los dos tipos de ser hasta ahora dibujados, o sea, el relajiento y el
humorista, uno hace reír para pasar el rato, el otro para construir un futuro
risueño, uno se olvida del porvenir a través de la mofa del pasado inmediato,
el otro crea desde el presente para el disfrute de éste. Podríamos decir que no
toma al valor totalmente en serio, pero sabe de él y lo aprecia. Quizá el
primer paso para una regeneración social, antes de volver al compromiso total
con el valor político, es crear una nación de humoristas y no de relajientos.
Dicho lo anterior, ¿qué más podríamos decir en este trabajo a
modo de conclusión? Quizá aclarar un poco el título, pues al principio
pensábamos que, si el relajo había causado el caos, quizá éste podría resolverlo,
pero al atravesar todos sus matices negativos se ha llegado a la conclusión en
que fuego contra fuego hace un incendio más grande. No obstante, como el humor
no está alejado del relajo, se dejado porque abre la brecha para que se tome en
serio un tema tan poco serio, como dice Portilla en la introducción de su
ensayo. En fin, este ha sido un proyecto que quizá no diga mucho sobre el ser
del mexicano en la actualidad, pero, por lo menos, trata de pensarlo; y,
recordando las palabras de Uranga citadas al inicio, encaminarlo hacia un
futuro prometedor.
[1] Uranga, E., El Análisis del Ser
del Mexicano. Y Otros Ensayos (1949 - 1952), Selección, prólogo y notas de
Guillermo Hurtado, Bonilla Artigas Editores, México, 2013, p. 35.
[2]
Villegas, A., El Pensamiento Mexicano en el Siglo XX, Fondo de Cultura
Económica, México, 1993, p. 157.
[3]
Ramos, S., Historia de la Filosofía en México, cit. per., Villegas, op.
cit., 150.
[4]
Uranga, E., op. cit., p. 34.
[5]
Portilla, J., La Fenomenología del Relajo. Y Otros Ensayos, 1 ed. ERA
1966, 1 ed. Biblioteca Joven 1984, Fondo de Cultura Económica, México, 1984, p.
16.
[6]
Ibídem, p. 18
[7]
Ibídem, p. 19.
[8]
Ibídem, p. 20.
[9]
Ibídem, p. 24.
[10]
Ibídem, p. 22.
[11]
Vid., Ibídem, p. 36 – 37.
[12]
Ibídem, p. 34. Lo que está entre corchetes es nuestro.
[13]
Nicol, E., La Vocación Humana, Colegio de México, México, 1953, p. 10.
[14]
Nietzsche, F., Más Allá del Bien y del Mal, Introducción, traducción y
notas de Andrés Sánchez Pascual, 3ra ed., Madrid, España, 2012, p. 55
[15]
Oliva Mendoza, C., Hermenéutica
del Relajo. Y Otros Escritos Sobre Filosofía Mexicana Contemporánea, UNAM-
FFyL, México, 2013, p. 24. Lo que está entre corchetes es mío.
[16]
Portilla, J., op. cit., p. 51.
[17]
Oliva Mendoza, C., op. cit., p. 23.
[18]
Ibídem, p. 21.
Comentarios
Publicar un comentario